Tuesday, November 29, 2005

FEDOR DOSTOIEVSKI

" A la mañana siguiente se despertó tarde, tras un sueño agitado que no lo había descansado. Se levantó bilioso, irritado, de mal humor, y consideró su habitación con odio. Era una jaula minúscula, de no más de seis pies de largo, y tenía un aspecto miserable con su papel amarillento y lleno de polvo colgando en jirones de las paredes.
(...)
Le dió el golpe precisamente en la mollera, a lo que contribuyó la baja estatura de la víctima. Enseguida, le hirió por segunda y por tercera vez, siempre con el revés del hacha y siempre en la mollera. La sangre brotó cual una copa volcada, y el cuerpo se desplomó hacia delante en el suelo. El se echó atrás para facilitar la caída y se inclinó sobre su rostro: estaba muerta. Las pupilas de los ojos, dilatadas, parecían querer salírsele de sus órbitas; la frente y la cara muequeaban en las convulsiones de la agonía.
(...)
¿Donde he leído -pensó Raskólnikov prosiguiendo su camino-, dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir! "

Crimen y castigo (fragmento)

FUENTE: www.epdlp.com

DEL ARCHIVO DEL HOSPITAL

Enfermo N***. 57 años. Hijo de párroco protestante alemán. A la muerte de su padre pasa la niñez entre faldas: su abuela, tres tías, su madre y su hermana. A los intentos de éstas de hacerle moños manifiesta serios disgustos y las amenaza. Alumno aprovechado y estudioso. Es al comienzo de ánimo piadoso y fe cristiana. La madre insiste en que estudie teología pero su rencor por lo de los moños le hace llevar la contraria.

Comienza a estudiar filología para confundir y evitar que lo clasifiquen. Hace carrera como profesor, pero apenas publica un libro en contra de la misma disciplina que enseña, los antiguos filólogos, temerosos de ser desplazados, consideran con dudas sus esfuerzos. Solapadamente se introduce en la filosofía, donde no hay peligro de que nadie desplace a nadie, y empieza a decir que lo alemán no sirve. Fuertes quebrantos de salud lo hacen viajar al Sur buscando temperaturas más cálidas.

En el camino se encuentra con filósofos del Sur que suben buscando temperaturas más frías. Se miran con desconfianza y siguen sus caminos.

Se dedica a publicar libros insultando a sus semejantes: dice que los alemanes son un pueblo de mal gusto, estúpido, fresco, vanidoso, arrogante, servil, cómico, arrastrado y sin sentimientos, y dice que se siente avergonzado de pertenecer a él. Como es de pensar, sus obras no agradan en Alemania, y por ello se enfurece y para obligarlos a cambiar de opinión los sigue insultando. Manifiesta sus deseos de vivir solo y aparte y para cumplirlos se dirige a Bayreuth, en donde la coge con Wagner y para atacarlo mejor se hace su amigo. Una vez que lo conoce bien, se dedica a difundir todos sus defectos y a desprestigiarlo, y transfiere sus predilecciones musicales a Bizet, quien prudentemente no hace el menor esfuerzo para entablar una amistad con el paciente.

Empieza a sentir dolores de cabeza y cree que todo lo que le ocurre en un momento dado es una repetición de lo que ya sucedió antes, de tal manera que piensa que esos dolores de cabeza ya los ha sentido en otra ocasión. Afirma que lo bueno es malo y que lo malo es bueno, lo cual crea entre sus amistades una confusión que sólo es superada cuando añade que el tiempo es circular y que el hombre debe ser superado por otra especie que no podrá ser juzgada con valores humanos, por lo cual no se podrá saber nunca si en efecto lo supera.

Expresa todas estas ideas en el más alto estilo poético conocido hasta entonces en la lengua alemana, y se asombra al saber que lo consideran poeta y no filósofo. Para atraerse lectores declara su odio al lector ocioso; para poner de su parte a los escritores timoratos o aún vacilantes les recomienda que escriban con sangre y en homenaje a la ingeniería civil alemana declara que el hombre es un puente sobre un abismo. Descubre que Dios ha muerto, se desconcierta, y predica el advenimiento de la Bestia Rubia, quizás para inmortalizar la reciente invención del agua oxigenada. Alarmada por estos síntomas, su hermana opta por huir al Paraguay mientras finge seguir a su esposo.

Escribe una Transmutación de los Valores que hace temblar la bolsa, se llama a sí mismo El Anticristo y para convencer a los dudosos escribe una carta en la cual da como dirección el Palacio de El Quirinal. Encerrado en un manicomio, no cesa de insultar a los filósofos, a los filólogos, a los científicos, a los artistas y en especial a los alemanes, cuya sola presencia, dice, le retarda la digestión. Insulta a la madre que va a buscarlo para trasladarlo a Alemania y se niega a la mudanza consciente de lo que le espera. Lo movilizan recurriendo a la fuerza y luego lo someten a baños de agua helada y fuertes palizas, las cuales parecen tener un efecto sedante. En vista de esto se diagnostica mejoría y se lo traslada a su casa, en donde tiene el cuidado de no hablar más de una palabra por mes. Va perdiendo sus facultades de reconocer a las personas; en cambio reconoce la música de Wagner cuando la tocan y ello sólo le sirve para sufrir nuevos ataques de furia. Finalmente se aburre y decide morir en absoluto silencio.

DIAGNÓSTICO: Filósofo.

FUENTE: http://www.otrovagomas.com

Monday, November 28, 2005

LA MUJER Y EL ENTORNO SOCIAL

La imagen femenina en la Edad Media se vio muy condicionada por el posicionamiento de los clérigos, la influencia que de la iglesia tiene en el resto del conjunto de la sociedad aumenta si, como es el caso, es ella la que ostenta el poder de la palabra, de la cultura, e incluso de la tradición, algo que ocurría de manera insoslayable en la época medieval.

En esta imagen de que la mujer hace el ámbito clerical de la sexualidad es el eje fundamental, sobre todo a partir de surgir el culto mariano. En este sentido la mujer es tomada como instrumento del demonio –idea originada por la propia iglesia-.

Era común la creencia de que la mujer podía sufrir los ataques de “la madre”, al subirse hacia arriba el útero provocaba el histerismo; el ataque era debido al hecho de que la mujer había acumulado un exceso de esperma por falta de copulación carnal, lo que hacía que la mujer se diera fácilmente al coito, y es sabida la posición de la iglesia respecto a las relaciones sexuales, a las que condena considerándolas algo pecaminoso.

Augus Mackay hace una especie de ecuación: útero = la madre = histerismo = ganas de procrear = ganas de fornicar = inestabilidad = irracionalidad = peligro. Por este peligro que representan las mujeres, estas no deben, de ninguna manera acceder a puestos de la vida pública; asimismo siempre deben de estar bajo el control de los hombres (hija – padre, esposa – esposo, monja – Cristo)

Que la mujer era un “animal” sexual y, por tanto, causante de todos los males, es una idea que aún se mantiene en el siglo XVI, Blas Álvarez de Mendizábal afirma: “ el útero de hembra apetece grandemente la simiente, y es grande el deseo que de tal simiente tiene, y mientras la atrae a si y la embebe y al tiempo mismo conceto es maravilloso el deleyte que recibe”.

Otro detalle que no se debe olvidar es que la iglesia cristiana considera a Eva la culpable del pecado original. Esta idea de que la mujer es la causa del gran pecado causa, por ejemplo, que se niegue la existencia del alma en la mujer, esta sistemática negación dio lugar a una votación en el concilio de Trento, donde se aprobó que la mujer tenía alma tan sólo por un voto de diferencia....

Yusuf Al-Andalusí

Una muerte mental

De uno de los más recientes suicidios en los últimos años no se conocería la verdadera historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con la esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande.
Todos nosotros sabemos qué defectuosas son las estadísticas; digo a propósito defectuosas, en el sentido de insuficientes. Aunque algunos equilibrados vegetantes lamenten con cara de pavor el crecimiento continuo de las muertes voluntarias, sé bien, por mi parte, que no todas son registradas. Entre los enfermos y los aparentes asesinados, los suicidas menudean. Constituyen, quizás, la mayoría. Algo me impulsa casi a decir que cada muerte es voluntaria. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¡Ay de mí! ¡De maneras comunes, vulgares, vulgarísimas! Falta de sabiduría, falta de voluntad -pocos son los que prevén y pueden. Un arrojarse al encuentro del destino casi como pájaros dentro de la serpiente o locos en la hoguera. Hombres que no han querido vivir y han preferido el breve presente al largo y cierto porvenir. Leopardi aprobaría: pero ¿quién puede negar que ésas son vidas truncadas?

El suicidio cuyo misterio he sabido no se parece a ninguno de los conocidos hasta ahora. Ni la historia ni la crónica nos hablan de otro parecido o igual.

Era difícil encontrar un medio no utilizado por ninguno. Todos los expedientes menos obvios fueron descubiertos y utilizados: cada tanto los diarios, hartos ya desde hace mucho de los habituales pistoletazos y los cotidianos envenenamientos, exponen alguno, como variedad curiosa, para hacer sonreír agradablemente al lector optimista. Y sin embargo él lo encontró y lo practicó. Conocí al futuro suicida de una manera curiosa. (Debo advertir que de las personas que me han sido presentadas habitualmente no extraje nunca nada de extraordinario). Hurgaba una mañana en un quiosco ambulante de libros viejos cuando cayó en mis manos el primer volumen de la traducción francesa de Los demonios, de Dostoievski. Lo había leído hacía ya mucho tiempo y varias veces; además, era el primer tomo solamente y no tenía, por ello, ninguna intención de comprarlo. Pero sin saber cómo empecé a hojearlo e instintivamente di en las páginas en las que el ingeniero Kiriloff expone con tanta simpleza sus ideas sobre el suicidio. Había notado en los márgenes marcas violentas de lápiz rojo pero aquí se hallaban incluso anotaciones. Estaban escritas con lápiz negro y eran borrosas. Sin embargo, las descifré:

"Así no." "Está bien: es necesario superar el temor de la muerte y por lo tanto prepararse para ultimarnos, pero no así." "El suicidio con las manos: cosa de carniceros. No se llega..." "Tener presente la idea de mi método. Es necesario negar, destruir la vida por sí mismo, poco a poco, no destrozar el cuerpo de golpe: es estúpido..."

Estas pocas líneas, escritas a lo largo de los márgenes, excitaron mi curiosidad como no me ocurría desde hacía mucho.

¿Quién podía ser el que había escrito tales palabras? ¿Y cuál era su método, su muerte sin morir? Seguí nerviosamente hojeando el volumen. Me sorprendí: sobre la guarda inicial se hallaba lo que estaba buscando: un sello -uno de esos horribles sellos violetas de uso comercial- con un nombre, un apellido y una dirección.

Ottoné Kressler
Via delle Ruote, 25. 1º piso

Di unas monedas al librero y me fui de prisa a casa con el libro en el bolsillo. No bien estuve en mi cuarto lo examiné detenidamente: había otras notas pero no agregaban nada más extraño a los que ya había leído antes. Eran suficientes aquellas, sin embargo, para que no tuviese paz, hasta que no hubiera encontrado al dueño del libro. ¿Pero habría sido él el autor de las notas? Y ese nombre alemán del sello, ¿sería el del último dueño, y el del misterioso glosador? Y si fuera él, ¿viviría siempre en la misma casa? Por más conjeturas que hiciera, no había otra solución que ir tras ese hilo, el único. No podía estar como sobre ascuas. Retomé el libro y el sombrero y volví a salir.

En pocos minutos -tengo las piernas largas y la prisa de los nerviosos- llegué al número veinticinco de Via delle Ruote.

Llamé a la portezuela sucia de la calle. Una puerta interior se abrió:

-¿Quién es?

Era una voz de niño. En efecto, una vez que subí dos tramos de escalera, vi en el vano a una muchachita pálida de delantal rojo y pies descalzos:

-¿A quién busca?

-¿Vive siempre aquí el señor Ottone Kressler?

La chica abrió los ojos y pensó. Luego, de pronto:

-¡Mamá! ¡Mamá! Ven.

Se adelantó una mujercita de unos cuarenta años, rostro despectivo y socia como la hija. Me miró mal:

-¿Qué deseaba?

Repetí el nombre. Advertí que mi pregunta no producía placer alguno.

-¿Lo conoce? -preguntó, recelosa.

-No lo conozco, pero tengo necesidad de verlo inmediatamente.

La mujer estaba dudosa, pero predominó el temor.

-No vive más con nosotros Hace tres meses que se fue.

-¿Y dónde está ahora?

-No lo sé.

-¿De veras? ¿Y no hay nadie que pueda saberlo?

-Intente con el vinero vecino y pregunte por Cechino. Él le recibía las cartas.

Saludé y bajé. Había, a dos pasos de la casa, una de aquellas vinerías de visillos rojos, color de sangre sucia y de vino malo, con un botellón pintado sobre el cartel a la izquierda. Entré. ¡Qué tufo! Por suerte no había nadie, ni siquiera un parroquiano al mostrador.

-¿No hay nadie aquí? -llamé en voz alta.

Oí en la penumbra del fondo un revolver de paja y de taburetes y vino a mi encuentro una mujer con el rostro encendido que me miró de pies a cabeza entre confusa y amenazante.

-¡Hay gente! -gritó sin aproximarse.

Detrás de ella surgió de entre las tinieblas un jovenzuelo rubio de delantal azul turquí arrollado en torno de la cintura:

-¿Qué deseaba?

-Disculpe, ¿es usted Cechino?

-Sí, soy yo.

-¿Conocía a un señor Ottone Kressler, que vivía acá al lado?

-Claro que sí. Pero se ha ido.

-¿Y dónde está?

Comprendí que tampoco él tenía deseo alguno de contestarme. Me miró fijamente y luego me dijo en voz baja:

-Perdón, no es por nada, pero ¿qué gana con esto? Porque, a decir verdad, es un pobre desgraciado y ni siquiera él sabe lo que hace. Ha dejado muchas deudas de poca monta entre los vecinos y me parecería un pecado mandarle otro acreedor más. Nunca delaté a nadie, Dios mediante, y vivir, vivo lo mismo...

-Se equivoca: no necesito nada de él. Antes bien, acaso pueda darle algo y necesito verlo por un asunto muy importante... No lo he visto nunca hasta ahora.

-Mire, no le hará mucho caso. ¡Si viera que tipo cómico es! Y parece como si no recordara nada ni le importara nada de nada. A veces suele hablar de sí mismo... Sin embargo es un buen muchacho, y cuando tiene no es estirado como tantos.

-Escuche: me dijeron que usted sabe dónde vive ahora; dígamelo. Me hará un bien a mí y también a él.

El jovencito me miró de nuevo fijamente; luego, sea porque se persuadió de que yo no era ni policía ni acreedor, sea porque le importase poco el secreto, me dijo:

-Si no lo llevaron al hospital en estos días. Está en Via della Stufa Nº 2.

Agradecí y salí rápidamente.

De Via delle Ruote a Via della Stufa no hay mucha distancia y llegué sin darme cuenta.

El número dos correspondía a uno de aquellos viejos palacios florentinos de mil cuatrocientos o mil quinientos, con ventanales de arco redondo ornados de sillares rústicos en piedra marmórea y con la galería ¿tapiada? en lo alto. Algo descascarado y bastante sucio; ventanas semitapiadas, signos de envilecimiento en todas partes.

Había un portero remendón que sin alzar la cabeza del zapato y sin gesto alguno de sorpresa contestó a mi pregunta:

-En el último piso, a la derecha.

Subí la escalinata deshonrada por escupitajos y telarañas; una vez arriba, llamé. Apareció otra chiquilla. El señor Kressler estaba en casa y me recibió en el umbral de su cuarto. Quizás olvidaré al pasar de los años su figura, pero hasta este momento la conservo nítida, intacta y profundamente grabada en mi mente.

Ottone Kressler era, como me lo imaginaba, alto y enjuto. Su rostro alargado y estrecho, como si le hubiesen comprimido a la fuerza las mejillas cuando niño, parecía la caricatura de una aparición hoffmanniana. Órbitas profundas, increíblemente profundas, con dos resplandores en el fondo; nariz larga, curva, espiritual; boca sinuosa pero no de expresión femenina y voluptuosa sino sarcástica y amarga; dientes caballunos; mentón casi en punta. La cara, afeitada, era totalmente roja, pero no de ese rojo sano y natural que se ve en la plenitud de las mejillas sino de un rojo oscuro, como de sangre revuelta, que invadía todo hasta llegar al cuello. Estaba mal vestido y llevaba un sobretodo gris apagado y un sombrerete en la cabeza como si estuviera por salir.

Mi exaltación por verlo había sido tan grande que no pensé en las primeras palabras que le diría, en una excusa razonable de mi visita. Mientras me aproximaba no sabía qué decirle. La necesidad me decidió por la franqueza.

-¿Es usted el señor Kressler?

El joven indicó que sí. Necesitaba hablarle inmediatamente.

Me señaló su cuarto y entré. Era una habitación grande y casi vacía que daba a los tejados. Sobre un largo cajón de embalaje estaba tirado un colchón y sobre el colchón una alfombra y una almohada. No había sillas: sólo un sillón de junco. Sobre la pared, suspendidas con cordeles, tablas cargadas de libros, y en un rincón un atril de música, grande y negro, y, por lo que pude apreciar, de sólida y antigua fabricación. Kressler indicó el sillón y se sentó sobre el falso lecho, mirándome silenciosamente a los ojos como si esperase de mí todo el gasto de la conversación.

No perdí mi coraje: extraje del bolsillo el volumen de Dostoievski y se lo alcancé.

-¿Es suyo este libro?

-Era mío hace un tiempo. Me lo llevaron con otros libros de la casa donde vivía y vendieron todo para cobrarse. El segundo tomo lo tengo todavía. La dueña era ignorante...

-¿Y esta nota marginal es suya? -agregué indicándole las líneas manuscritas junto al párrafo de Kiriloff.

-Es mía. Pero ¿por qué?

El señor Kressler era muy tranquilo y parecía insensible a la extravagancia de mi visita y de mis preguntas.

-Porque -lo interrumpí abruptamente-, porque he leído estas palabras y vi en ellas la alusión a un método, a un método nuevo de muerte, a una muerte sin manos, a un suicidio superior. Me ocupo mucho de esto y tengo algunas ideas... Busco a todos aquellos que sienten la responsabilidad de la elección y no se deciden a una salida por una puerta cualquiera. He venido para que me diga si este método existe, si verdaderamente usted ha encontrado algo y si este algo se realizará...

A medida que hablaba, mi oyente iba perdiendo algo de su calma. Desde el fondo de las órbitas las pupilas se acercaban hacia mí y cada ojo salía de su cuenca como un animal que se asoma a la boca de su cueva.

-Sí, sí... ¡Es así! -exclamó- ¿Puede ser posible que alguien piense seriamente en esto? ¡Y en Italia! ¿Usted vino a verme por el problema de la verdadera muerte?

-Solamente por esto.

El señor Kressler se levantó. Parecía conmovido. Su mano buscó y estrechó la mía. Tuve que decirle mi nombre. Vi reflejado en su rostro el deseo de abrazarme.

-Podríamos conversar ahora -agregué-. Pero, ¿usted salía?

-No, de ningún modo. Estoy vestido siempre así, incluso en casa. No me gusta desvestirme. Con mucho gusto podemos hablar ahora, en seguida, cuando quiera. Le contaré todo, le diré lo que usted desea. Antes de morir, la idea será suya. Transfusión y comunicación: no lo había pensado, no tenía a nadie. ¡Tantas orejas, pero qué pocos cerebros! ¡Y luego, aquí! Quizás en Alemania... Pero no puedo volver: ¡la miseria! ¡Mire esto!

Y me señalaba la estancia vacía, las vigas del cielo raso, los vidrios de las ventanas rotos, emparchados con tiras de papel.

-¿Quiere saber mi historia? ¡Pero si mi historia comienza ahora! El primer capítulo de mi vida será el último y el epitafio puede servir también como título. Tengo apellido alemán: mi padre era bávaro y emigró a Italia. Pero mi madre es italiana y vive todavía y no comprende nada, como todas las madres. Hacía como de empleado o escribiente en un comercio de máquinas. Mi padre era un hombre moderno, de la era industrial, y con algún toque a lo Bismarck. Cretino, por lo demás, y empeorado por Goethe y el Chianti, al que se había aficionado en los últimos años. Yo escribía, copiaba, sumaba y siempre estaba en mí la idea de la vida. Historia vulgar: usted lo sabrá de memoria. ¿Qué es? ¿Por qué? ¿A dónde vamos? ¿Vale la pena vivir? Etcétera, etcétera. Al anochecer, en vez de salir, leía o preguntaba a todos los libros aquello que ningún hombre decía. Quería la vida, la más grande y hermosa vida posible, y no la veía a mi alrededor, ni siquiera en aquellos que, según los demás, estaban bien. Y los ideales de los filósofos no me persuadían. Traté de seguirlos, uno tras otro, pero fue una carrera de esperanzas abofeteadas. Y sin embargo, sin un punto de apoyo metafísico, racional, no sabía vivir. Me parecía ser más despreciable que los perros que comen de limosna, pasean con bozal y orinan en todas las esquinas. Dejé el empleo y como consecuencia debí separarme de mi familia. Recorrí el mundo a pie, casi sin dinero; pedía hospitalidad o daba lecciones donde podía. Fui arrestado dos veces pero liberado a los pocos días. Llegué a Alemania: tenía nostalgia de la patria desconocida. Caminaba poco cada día. No bien encontraba un buen lugar me detenía y me tiraba sobre la hierba, en los campos, sobre los bancos de piedra de las pequeñas ciudades tranquilas. Llegaba la noche, surgían las estrellas, pensaba, dormía. Comía poco; bebía en las fuentes, con la boca en los pozos o en las zanjas; dormía como podía, en cabañas o en las casas de los pobres. Y pensaba, pensaba siempre. Pensaba hasta durmiendo. Conocía o adivinaba todas las respuestas a esas preguntas, y sin embargo la luz me llegó de otro, de un cura. Era un cura viejo que encontré un día frente a una iglesia campesina. Iba caminando al azar por el prado con la cabeza inclinada y me vio tan cansado y triste que me saludó y preguntó si quería. beber. Comenzamos a conversar. Le conté algunas de mis dudas, de mis búsquedas, de mis inquietudes. Y entonces escuché las palabras que despertaron de pronto mi mente:

"¿Pero no comprende que el sentido de la vida está en la muerte y solamente en la muerte? ¡Sólo el que quiera morir, el que esté ya muerto en esta vida desde ahora, sólo éste gozará y saboreará y conocerá la vida!"

"Quizás estas palabras eran el eco de algún lugar común ascético y carente, para él, de todo significado profundo. Quizás las extrajo de algún breviario eclesiástico, de donde las había copiado en el seminario, por su apariencia de santa paradoja. No lo sé; para mí fueron el descubrimiento, la iluminación, el principio de la nueva existencia.

"Esa misma noche, en la casa parroquial -adonde el cura me habla invitado a comer y a dormir- las analicé y las trastoqué en todo sentido, las iluminé con todas las luces de mi pensamiento y desenmarañé lo que podían contener y más todavía. Hoy esas verdades me son de tal modo familiares que no sé ya casi qué hacer con ellas y si ahora las recuerdo es para informarle a usted: ¡pero entonces! Que el secreto de la vida se halle en la muerte era algo que siempre había sospechado, pero en un sentido negativo y físico y al mismo tiempo tan arriesgadamente trascendental y fideístico que mi mente no había querido analizarlo a ningún costo. Un pistoletazo: ¡bum! Y luego la luz, la grande, la eterna, la definitiva luz. ¡Puede ser! ¡Quizás! ¿Y si luego no fuese? El príncipe Hamlet no era, por más que digan, un imbécil.

"Pero en las palabras del cura campesino había algo más, no ya la ruptura brutal e instantánea del cerebro, de la circulación, etcétera, para hundirse en el mar esperanzado de las posibilidades sino la muerte en la vida, la realización presente, actual, inmediata del estado de muerte en el estado de vida.

"¿No comprende?"

Y el señor Kressler calló un momento mirándome desde el fondo de sus cuencas iluminadas. No supe qué contestarle en ese instante y en la pausa de silencio que siguió se oyó que la puerta se abría bruscamente. Apareció un hombre bajo, lívido, en mangas de camisa -un hombre vulgarísimo que inconteniblemente me evocó la imagen de un zapatero vicioso-, el que nos contempló a los dos con arrogancia. No bien lo vio, Kressler se levantó, corrió hacia él y salió cerrando la puerta detrás de sí. Inmediatamente estallaron gritos y blasfemias y puñetazos sobre las mesas y ruidos de sillas arrojadas al suelo... No comprendí una palabra: un confuso zumbar de rabia plebeya ocupaba penosamente la casa. Luego de tres o cuatro minutos de silencio, Kressler volvió a abrir la puerta y nuevamente se arrojó sobre el cajón. Tenía la cara algo más pálida y de un largo arañazo sobre la frente, justo sobre la ceja izquierda, descendían gruesas gotas de sangre oscura y densa. El extraño hombre tomó el pañuelo, se lo apretó sobre la pequeña herida y murmuró como una excusa:

-Quieren echarme de cualquier manera... No tendrán que esperar mucho...

Advertí que si yo no hubiese estado allí se habría echado a llorar. Aquella escena imprevista y enigmática me había consternado: me levanté para irme. Al notarlo, Kressler se levantó también y me tendió la mano. Olvidé en ese momento mi preocupación y sin pedirlo más le dije dos o tres palabras de despedida y salí.

Una vez lejos de la casa y de la calle miré a mi alrededor como si me hubiera despertado entonces de un sueño. La noche se acercaba: todas las cosas tenían ese aspecto espiritual e indeciso que sucede a la puesta del sol y las hace parecer como iluminadas interiormente. Los comercios se volvían amarillos y blancos bajo los últimos resplandores; en las calles todavía no oscurecidas las sombras humanas corrían más veloces pero sin ruido. El profundo sentido de la repetida e infinita inutilidad de todo esfuerzo, que vuelve al finalizar cada muerte del sol como maldición del anochecer, penetraba, quizás, hasta en el ánimo de los carreteros silenciosos y de las muchachas furtivas. Caminaba lento y pensativo, siempre avanzando, sin saber dónde detenerme, tratando de recordar sus facciones y sus palabras como si las hubiese visto y escuchado mucho tiempo antes. Pero todo me distraía: la mirada de una mujer, la blasfemia de un muchacho, el cartel luminoso de un teatro. Y cada toque de campana me hacía estremecer: las memorias y las nostalgias oscilaban a porfía pero fatigadas en la oscuridad tumultuosa de mi mente.

De improviso, sonó a mi lado una voz:

-Por aquí, por aquí. Estaremos más solos.

Me volví: era Kressler. Kressler, vestido tal como lo había hallado en su casa, que me miraba como si nada hubiese ocurrido. Me tomó del brazo y lo acompañé. Había salido tras de mí y me había seguido. Marchábamos hacia el río: al fondo del horizonte se veía aún una raya recta, casi blanca. Las llamas amarillas en doble fila tremolaban a lo largo de la corriente tranquila.

Kressler retomó la palabra:

-Creo que usted ya lo ha comprendido. Yo entendí todo inmediatamente, la primera noche. Observe que las palabras del cura no hablan sino de un caso especial de una ley que yo creo y estimo universal. ¡No solamente el secreto de la vida está en la muerte sino que el secreto de la luz está en las tinieblas, el secreto del bien está en el mal, el secreto de la verdad está en el error, el secreto del sí se encuentra en el no! Y entonces, cada Fausto que desea vivir, cada alma ávida que quiere abrazar la vida como se abraza a una amante para sentirla toda, para besarla toda, para gozarla toda debe prepararse para morir, debe meterse dentro de la muerte. Si nosotros logramos en algún momento vivir intensamente es porque la vida es un lento morir y porque cada voluntad es uno de los tantos estremecimientos y estertores de esta larga agonía.

"Desde ese día yo decidí renunciar a la vida, hacerme un alma de muerto, morir rápidamente. Pero no de pronto ni con medios externos y materiales. Ser ya un cadáver antes que fuese necesario el sepelio, y suicidarse de modo que la muerte parezca natural e involuntaria. He aquí mi descubrimiento: matarse con la voluntad, con la propia alma y no con las armas, no con las manos, no con venenos. Morir a fuerza de pensar en querer morir. Eso es lo que estoy haciendo. Esto es lo que quería saber de mí. ¿Está contento?"

Lo miré asombrado porque pronunció estas últimas palabras casi en un tono de rabia despreciativa. Pero en seguida agregó:

"No se preocupe: la muerte todavía no está completa. La verdad es que el suicidio como se practica hoy y se ha practicado siempre me produce repulsión. Esa sangre de los cuchillos, esas contorsiones de los venenos, esos descuartizamientos de las caídas, esos pistoletazos me han parecido siempre algo bajo, brutal, carnicero, innoble. ¿Por qué destruir la obra maestra de nuestro cuerpo con semejantes tajos brutales y anegar la nobleza del alma en esas matanzas repugnantes? El alma lo puede todo, el alma es todo, la voluntad es señora del mundo. Basta con querer morir, pero quererlo seriamente, fuertemente, constantemente, y la muerte poco a poco se instala en nosotros y nos penetra tan enteramente que un soplo solo, después, nos puede derribar. Y querer, en este caso, significa no querer. Para vivir queremos continuamente y para morir es necesario querer siempre menos y querer solamente no querer. La vida entera está hecha de esfuerzos: no esforzándose más, por nada, de ninguna manera, la vida se vacía y se desinfla por sí misma, y la aceptación del todo y la renuncia del todo se equivalen, se funden, son una sola cosa. Difícil es querer pero más difícil, sin parangón, es el no querer más. Aún no lo he logrado. Me estoy matando cada día y cada hora pero de tanto en tanto, cuando menos lo espero, el instinto demoníaco de la resistencia y el impulso loco del deseo vuelven a salir a flote y me empujan hacia atrás, entre los vivos, entre todos.

"Pero ahora estoy más cerca de la muerte, y por lo mismo, de la felicidad, entre tantos que buscan en la vida lo que la vida no podrá dar nunca. Apenas haya muerto, la vida volverá a cogerme como a su hijo preferido y no me será negado nada de lo que el sol ilumina y colora. Y ahora, ya mismo, saboreo de antemano estas alegrías. Para los demás, no significa nada: no como, no leo, no me divierto, no amo, no juego, no gano dinero: estoy ya semimuerto. Apenas si respiro y me muevo... Y, sin embargo, no daría estos días por todas las hermosas mujeres de Londres y todas las cajas fuertes de América. Lo que para los otros es el cielo para mí es una ventana, y toda la tierra, con sus océanos, es un peldaño sobre una torre y nada más, y en el silencio de la noche las músicas que llegan a mi oído son más voluptuosamente dolorosas que las de Chopin y más místicamente solemnes que las de Bach. Ninguna mujer puede ser tan perfecta como aquella que me ama en mi pensamiento y que creo cada día, de la cabeza a los pies, como el buen Dios de la Biblia. Y todos los sistemas y los conceptos de los profundos maníacos que usted y yo conocemos son aros de papel y cometas sin hilo frente al dominio directo de la realidad fuera de las rejas del espacio y de las horas del tiempo..."

Kressler calló de pronto, como antes, cuando el hombre amenazante había aparecido en el vano de la puerta. Miró a su alrededor tratando de escapar a mi mirada. Me pareció que se arrepentía de haberme hablado y que casi se avergonzaba.

-Deme su dirección -agregó-; le avisaré cuando llegue el momento. No venga más a visitarme.

Le di mi tarjeta y nos separamos fríamente. No he visto nunca cara más triste que la suya en aquel anochecer.

Durante cuatro meses no supe nada de él. Hace pocas semanas una mujer vino a buscarme de parte suya.

-¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Está mal? ¿Se muere?

-Parece que sí.

Corrí a Via della Stufa. Lo hallé en una auténtica cama y entre las sábanas. Una señora vieja estaba sentada junto a él y lo miraba. Había enflaquecido más pero el rojo oscuro del rostro no había sido cubierto por la palidez final. Me acerqué al lecho.

-Yo tenía razón -me susurró en voz baja-; he logrado el descubrimiento. La voluntad ha sido vencida. Estoy muerto ya. Dentro de pocas horas o pocos días la última apariencia de vida cesará... Nadie me ha matado... Yo solo... sin las manos... ¡Qué felicidad! Ninguna lengua humana podría decir... estoy muerto... yo mismo me he matado... basta con quererlo... Cualquiera puede imitarme, usted sabe mi secreto... Este es el verdadero camino, el único...

La señora, en tanto Kressler hablaba, estaba inquieta: parecía que sufría horriblemente por mi presencia.

Finalmente, no pudo resistir:

-¡Fuera de aquí! -me gritó-. Fuera de aquí, asesino.

Creo que estaba celosa de mí o quizás me creía uno de aquellos que, según ella, habían hecho enloquecer y morir a su hijo. Kressler no intentó desmentirla y entrecerró los ojos como si no quisiera saber más nada. No pensé ni en discutir ni en persuadirla y salí de allí con el corazón trastornado.

Dos días más tarde Kressler moría en el sentido humano y científico de la palabra. Detrás de la carroza fúnebre de segunda clase el coche de la madre se bamboleaba cerrado y lento como un remordimiento.

Giovanni Papini


FUENTE:http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/papini/muerte.htm

Sunday, November 27, 2005

El Código de Hammurabi


Leyes extraídas del Código de Hammurabi

"Si un hombre golpea a otro libre en una disputa y le causa una herida, aquel hombre jurará "Aseguro que no lo golpeé adrede" y pagará el médico".

"Si un hombre ha ejercido el bandidaje y se le encuentra, será condenado a muerte."

"Si un hombre ha acusado a otro hombre y le ha atribuido un asesinato y éste no ha sido probado en su contra, su acusador será condenado a muerte."

"Si un hombre ha reventado el ojo de un hombre libre, se le reventará un ojo."

"Si revienta el ojo de un muskenu... pagará una mina de plata."

"Si ha reventado el ojo deun esclavo de un hombre libre, pagará la mitad de su precio (del precio del esclavo)".

"Si un hombre conoce carnalmente a su hija, se desterrará a ese hombre de la ciudad."

"Si un hombre, tras la muerte de su padre, yace con su madre, se los quemará a ambos."

"Si un hijo ha golpeado a su padre se le cortará la mano".

"Si un hombre quiere desheredar a su hijo y afirma ante los jueces "Quiero desheredar a mi hijo", los jueces determinarán los hechos de su caso y, si él no ha demostrado las razones de la desheredación, el padre no puede desheredar a su hijo."

"Si una mujer odia a su marido y afirma "No harás uso carnal de mí", se determinarán los hechos de su caso en un juicio y, si se ha mantenido casta y sin falta en tanto que su marido es convicto de abandono y agravio, esa mujer no sufrirá castigo, tomará su dote (sheriktu) y marchará a la casa de su padre."

FUENTE: http://clio.rediris.es/fichas/hammurabi.htm

Friday, November 25, 2005

Tras las "Cleopatras" por la "vida inimitable"









"Una vez que nos hayamos despojado de la percepción de las mujeres como víctimas históricas de la explotación de los hombres, de las instituciones sociales, o de fuerzas inexplicables, podremos resolver el rompecabezas de la participación de ellas mismas en el sistema que las oprime".
GERDA LERNER.




Según relató Plutarco, en el año 41 antes de Cristo., Marco Antonio llegó a Alejandría, donde pasaría el invierno. Allí Antonio viviría como un ciudadano alejandrino, cambiando su toga romana por la clámide griega, asistiendo a gimnasios, conferencias y visitando monumentos y santuarios. Justo entonces, Cleopatra, que le acompañaba en la esgrima, la caza, los juegos de dados, le ofreció espléndidos banquetes y con un grupo de amigos, formaron una asociación a la que llamaron la "vida inimitable" también conocida como “amimétobien”, que consistía en una elite social e intelectual que perseguía una libertad, alegría y ansías de vivir sin frenos. Parte de las actividades de esta asociación de la “vida inimitable” consistía en pasear en las calles por la noche, vestidos como humildes alejandrinos.

La “vida inimitable”, consistía en demostrar el mayor derroche de dinero posible. Se dice que Marco Antonio mandaba a asar ocho jabalíes al mismo tiempo para que nunca faltase comida, mientras que Cleopatra disolvía perlas de gran valor en copas vino, que se tomaba luego.

Cabe destacar, según Plutarco, que Marco Antonio fue un romano bravucón y borrachín, que disfrutaba el hecho de jugar y burlar a la cultivada Cleopatra. Sin embargo de esta primera fase de la famosa “vida inimitable” de ambos amantes (Antonio y Cleopatra) se han encontrado importantes datos como el embarazo de la reina y el subsiguiente nacimiento de los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene, sucedido al poco de partir Marco Antonio.

En Alejandría, Marco Antonio permaneció más tiempo del prudencial, impregnándose del ambiente helenístico de la ciudad. Precisamente de esta primera estancia en Egipto han surgido las conocidas anécdotas sobre la vida licenciosa de los amantes, quienes se dedicaban a disfrutar, según se dice, de olímpicas orgías. La vida alegre de que gozó esta pareja y sus amigos romanos, les llevó a formar esa hermandad de “inimitable vida”, que con el tiempo se convirtió en la hermandad de los que “mueren juntos”. Con tal comportamiento, Marco Antonio había abandonado por el momento la causa de Oriente, a donde supuestamente había ido para preparar el ataque contra los partos y continuar el proyecto cesariano.

Durante, esta cita de la “vida inimitable” en Alejandría, Marco Antonio se olvidó completamente de su responsabilidad hacia Oriente, lo consumió malgastándolo con todo tipo de derroches y ociosidades, mientras que Cleopatra siempre tenía dispuestos para él nuevos placeres y distracciones.

Sin embargo, ese tipo de vida duró poco, pues las noticias de que las tropas de los partos avanzaban rápidamente por Siria devolvieron a Marco Antonio a la realidad.

Marco Antonio interrumpió su vida de placeres a causa de una invasión de los partos, dirigida por un general romano partidario de Pompeyo, fue Antonio a darle batalla, y logró destruir sus fuerzas, pero de regreso fue atacado a traición por los partos y perdió más de 20.000 hombres. De todas maneras ya había pasado el peligro de los partos, pero Fulvia, la hermana de Octavio y esposa de Marco Antonio le ponía las cosas difíciles al romano.

Marco Antonio en su encantamiento, mandó acuñar monedas donde aparecían el y Cleopatra juntos, mandó construir dos tronos de oro, y proclamó a la reina egipcia como reina de reyes, y a sus hijos reyes de reyes, y les prometió incluso a su muerte, la Armenia, Fenicia, Siria, Cilicia, el reino de los Partos y la Media. Era la primera vez que un general romano distribuía tierras entre príncipes extranjeros.

Ahora bien, Cleopatra fue aceptada con dificultades por los romanos. Ellos la consideraban inculta, promiscua e incestuosa. Con gran facilidad ignoraron su educación griega y helenística. Pero fue precisamente Octavio quien iniciaría el mito de la historia de Cleopatra, porque al tratar de eliminarla fortaleció todos los aspectos negativos de la mujer y por ende sus virtudes.

Los componentes ideológicos que se encuentran en la base de este mito, tienen que ver, no sólo con la molestia inmensa que les producía a los romanos la enorme idea de una mujer gobernando Egipto, parte de su imperio después de todo, sino también por las costumbres religiosas y tradiciones de los egipcios como pueblo.

En realidad, el gobierno de Cleopatra se sustentaba sobre una fusión entre el estilo griego de la ciudad-estado y la monarquía teocrática que había caracterizado a su cultura desde hacía dos mil años.

Cabría preguntar…

¿Cleopatra marcó pauta sobre la concepción de la mujer con los mitos que la rodean, o la naturaleza femenina se ha manifestado desde Cleopatra?

¿Quién no ha sido tentado por una “Cleopatra”?

¿Quién no ha vivido una “vida inimitable” alguna vez?

¿Tiene cualquier ser humano, suficiente moral para juzgar a otros seres humanos?

¿El sentido de la vida radicará justamente en alcanzar una “vida inimitable”?

¿Conoce UD. asociaciones similares a la “vida inimitable”?

¿La “vida inimitable” por ejemplo, podría considerarse un legado o más bien parte misma del ser humano?

¿Es la locura la verdadera cordura?

¿Por qué el machismo se ha empeñado desde el principio en controlar al género femenino de tantas formas distintas? ¿Temor? ¿Debilidad? ¿Sensatez?

Eva, Cleopatra, su mujer… ¿representan ese agudo y perspicaz intelecto femenino que podría trascender todas las barreras para ostentar poder?

¿Qué género es realmente el débil? ¿Qué género es realmente es más desquiciado?

Yo, de ninguna manera, subestimaría los atributos femeninos, que per sé, parecieran innatos a su naturaleza…

II

"En realidad no hay belleza más auténtica que la sabiduría que encontramos y apreciamos en ciertas personas. Prescindiendo de su rostro, que puede ser poco agraciado, y haciendo caso omiso de la apariencia, buscamos su belleza interior".

PLOTINO


I

"...La unidad es, ante todo, un principio de perfección y de realidad superior, si no la perfección y la realidad misma, pues lo Uno no debe concebirse exclusivamente como una expresión numérica, sino como una esencia supremamente existente, como el divino principio del ser. Ahora bien, si lo Uno es el principio, no es la realidad única, aun cuando sea lo único que pueda llamarse con toda propiedad real y absoluto. Lo Uno no es lo único, porque funda justamente la diversidad, aquello que de él emana como pueden emanar de lo real la sombra y el reflejo, los seres cuya forma de existencia no es la eterna permanencia en lo alto, recogiendo en su ser toda existencia, sino la caída, la distensión de la primitiva, perfecta y originaria tensión de la realidad suma; pues lo Uno vive, por así decirlo, en absoluta y completa tensión, recogido sobre sí mismo y recogiendo con él a la realidad restante. El doble movimiento de procesión y conversión, de despliegue y recogimiento, es la consecuencia de esa posición de toda realidad desde el momento en que se presenta la Unidad suprema y, en el polo opuesto, la nada: la perfección engendra por su propia naturaleza lo semejante, la copia y el reflejo, que subsisten gracias a estar vueltos contemplativamente hacia su modelo originario. Sólo en este sentido puede decirse, pues, que la suprema Unidad contiene potencialmente lo diverso, pues lo Uno no es la unidad de todas las potencias, sino la realidad que las contiene a todas en cuanto potencias. Lo Uno es pues, fundamento de todo ser, realidad absoluta y, a la vez, absoluta perfección. Lo diverso no está relacionado con lo Uno al modo como la forma aristotélica insufla su realidad a la materia, porque lo Uno es substancia en cuanto entidad que nada necesita para existir, excepto ella misma".

PLOTINO

FUENTE:www.ferratermora.org/ency_filosofo_kp_plotino.html

Dionisio o Baco

El dios más joven y desenfadado. Es el dios de la vid y de la yedra, del delirio, del entusiasmo, del éxtasis, de la danza, de la tragedia y de las fiestas. Dos veces nacido (de su madre, Sémele, y del muslo de su padre, Zeus) fue criado por el deforme Sileno. Los romanos le llamaron Liber: liberador de penas y de prejuicios. Armado con el nada belicoso tirso, su culto conquista Grecia y las tierras de Asia hasta la India, precediendo a Alejandro Magno. A su regreso a Tebas se presenta con el cortejo de sus adeptas bacantes en su ciudad natal, donde asistimos al castigo del impío Penteo. Baco No perdona.

FUENTE: www.apocatastasis.com/mitologia-griega.htm

Wednesday, November 23, 2005

PLUTARCO

"Herodoto se equivocó cuando dijo que una mujer se desprende de su recato junto con sus ropas. Todo lo contrario, adopta el recato en lugar de las prendas, y el marido y la esposa muestran el mayor recato como símbolo del gran amor que se profesan mutuamente...
La esposa no debe tener sentimientos propios, sino que debe acompañar al marido en los estados de ánimo de éste, ya sean serios ya alegres, pensativos o bromistas.
Si un hombre carece de dominio u orientación en su vida privada y comete alguna indiscreción con una prostituta o sirvienta, la esposa no debe tomárselo a pecho ni enfadarse, razonando que, por respeto a ella, no la hace participar en sus borracheras, excesos y actos lujuriosos con otras mujeres...
Ni el oro ni las piedras preciosas ni las ropas de color escarlata hacen a la mujer más decorosa, sino todo aquello que dota a su aspecto de dignidad, disciplina y vergüenza"

¿Que opina Ud al respecto?

Monday, November 21, 2005

EL MUÉRDAGO


El Phoradendron leucarpum, que es el nombre técnico del muérdago, es una planta situada especialmente en las regiones tropicales y subtropicales del mundo. Existen de 700 a 1400 especies divididas en las familias, Viscaceae y Loranthaceae que varían desde el género no parásito hasta el completamente parásito.
El muérdago navideño, el que nosotros más conocemos, pertenece a un grupo de plantas vasculares, con flores que parasitan el tallo de árboles y arbustos. Crece en manojos en los troncos y de ellos obtiene el sustento para vivir. Al ser una hemiparasita, sí puede elaborar su propia clorofila pero necesita del tejido xielmático de su hospedador para conseguir los nutrientes necesarios para su desarrollo y los adquiere utilizando su propio sistema endofítico.
Las flores del muérdago nacen en las axilas de las hojas de este arbusto, son pequeñas y unisexuales, es decir cada planta tiene un solo sexo. Las flores hembras se convertirán en pequeñas bayas blancas de carne pegajosa que madurarán en invierno. Cada una de estas contiene una semilla que las aves se encargarán de transportar a otros árboles o otras partes del mismo.
La estructura de esta planta es primitiva y reducida en apariencia. Cuando esta baya transportada por cualquier pajarillo alcanza el tronco de un árbol, un pegajoso acodo en la semilla le permite adherirse al hospedador. Dentro de un disco adhesivo germina y se desarrolla. Como la implantación de esta hemiparásita produce ciertos cambios en el área ocupada del hospedador, su crecimiento en principio es lento. Las yemas no serán visibles hasta el segundo año, pero cuando su sistema endofítico se ha establecido la planta crece rápidamente. Entonces brotaran las hojas siempre verdes, duras y carnosas que la caracterizan y de nuevo comenzará todo el ciclo. El muérdago prefiere los árboles frutales, especialmente el manzano pero también se le puede encontrar parasitando robles.
Las leyendas sobre el muérdago son innumerables; una francesa nos relata que en su origen esta planta era un árbol pero habiendo sido utilizada para construir la cruz donde Jesucristo sufrió su martirio y muerte, Dios la condenó a no obtener jamás un lugar en la tierra y a tener que depositar sus raíces sobre otros árboles. La leyenda del beso debajo del muérdago nos llega de mano del dios de la paz, Balder, este fue herido y muerto por una flecha de muérdago, esto entristeció mucho al resto de los dioses, que conmovidos por los llantos de la amada de Balder, le restituyeron la vida para que continuase eternamente con su amor. Por ello, en tributo a esta pasión sin fin, Balder ordenó que cada vez que una pareja enamorada pasase por debajo de una rama de muérdago, se besasen para perpetuar su amor.

FUENTE: www.oya-es.net/reportajes/muerdago.htm

Sunday, November 20, 2005

RITUALES DE APAREAMIENTO




Las danzas de cortejo de diversos organismos son estrategias sumamente finas que garantizan la fecundación. Ejemplo interesante de ésta se presenta en los caballitos de mar, un pez de cola prensil y cuerpo rígido. La hembra de estos organismos se aproxima al macho e inicia una compleja danza en la que ambos se acercan, tiemblan e inclinan la cabeza y enroscan sus colas de manera que acomodan sus cuerpos para quedar frente a frente. El objetivo de los diversos movimientos que realizan es el de colocarse en la posición adecuada para que la hembra inserte un tubo, a una bolsa en el abdomen del macho, por medio del cual deposita los óvulos. El macho libera, simultáneamente, los espermatozoides por una abertura que está por arriba de la bolsa por lo que los óvulos quedan fecundados a medida que entran a la bolsa donde se desarrollarán. Este patrón de conducta se repetirá durante los siete meses que dura la temporada de cría (doce ciclos de apareo) ya que la hembra estará lista para depositar una nueva puesta después de cada nacimiento.

Los peces beta (Betta splendens) presentan fecundación externa y durante su danza nupcial el macho y la hembra nadan uno alrededor del otro dando rápidas vueltas liberando sus ovocitos y espermatozoides. El macho capta los ovocitos a medida que van siendo liberados y fecundados y los escupe hacia su nido de burbujas donde se llevará a cabo el desarrollo .

En los sapos dorados (Bufo periglenes) encontramos una estrategia más sofisticada en la que el macho, que es más pequeño, se coloca sobre la hembra, que se apoya sobre el terreno firme de la orilla del estanque o lago, y por medio de un abrazo conocido con el nombre de amplexus estimula a la hembra para que libere sus ovocitos los cuales van siendo fecundados a medida que son liberados. Este abrazo se prolonga durante horas tiempo durante el cual el macho repele violentamente a otros machos que compiten por la hembra. La hembra pone unos 200 huevos que el macho insemina conforme van siendo liberados

FUENTE: www.amc.edu.mx/laciencia/bg_reproduccion.htm (Dra. Ma. Cristina Revilla Monsalve)

Saturday, November 19, 2005

PREJUICIOS DE LA CIRCUNCISIÓN MASCULINA

Ya se ha dicho que la circuncisión masculina no interesa a casi nadie. El Doctor Gérard Zwang, figura entre los raros adversarios de la circuncisión masculina. No sólo no ve en ella ventajas, sino que destaca también sus perjuicios. Escribe:

"La sospecha más grande es de rigor cuando hechiceros y fetichistas tratan de legitimar de forma irrefutable las mutilaciones sexuales rituales (salvo que se figure entre ese grupo de etnógrafos inocentes sin perspectivas de solución). Unicos herederos de una cultura extraeuropea afectados por el pensamiento científico, y que a menudo contribuyen a elaborarlo, es del lado judío de donde vienen habitualmente los pretendidos argumentos "lógicos" en favor de la circuncisión"

Enumera los cinco tipos de razones "racionales" avanzadas por los adeptos de la circuncisión en Occidente, razones que coinciden con las avanzadas por los musulmanes, a saber:

1. La circuncisión es muestra de la preocupación legítima por perfeccionar la sexualidad individual;

2. La circuncisión es una buena medida de higiene;

3. La circuncisión previene la masturbación;

4. La circuncisión previene el cáncer;

5. La circuncisión facilita el acto sexual.


Después de haber contradicho estas razones una después de la otra, muestra que el prepucio sirve de preservativo para el niño que impide al glande bañarse de forma permanente en el pipi y le protege de las irritaciones y de las inflamaciones que pueden surgir por el contacto con los vestidos, las sábanas o los pañales impregnados de orina. Afirma que la circuncisión en el momento del nacimiento es "casi siempre responsable de la concentración inflamatoria del meato uretral". Esta protección del glande y del pene se prolonga durante los actos eróticos, de ahí el interés del prepucio en la vida afectiva durante la infancia, la adolescencia y la edad adulta.
Concluye que "no hay ninguna razón [médica] para privar sistemáticamente a los recién nacidos, los niños o los adultos de una parte integrante de la anatomia humana normal". Incluso desaconseja la circuncisión para los prepucios enfermos y prefiere intervenciones cirúgicas simples que mantengan el prepucio. Propone que los cirujanos plásticos estudien la posibilidad técnica de una reconstitución del prepucio para los circuncisos afectados por la "peeling balanique", una desventaja de la circuncisión.

En cuanto a los cirujanos a quienes se solicita practicar la circuncisión, les aconseja que se opongan. Si es un adulto quien la pide, el cirujano puede ampararse en la objeción de conciencia a la que algunos recurren, con toda libertad, para no practicar interrupciones de embarazo. Si son los padres los que acuden con un niño normal, "el cirujano puede objetar la imposibilidad de atentar contra la integridad física de un menor, y aconsejar esperar a su mayoría de edad".

Valla, presidente de la Asociación contra la mutilación de los niños, no duda en calificar la circuncisión masculina de verdadera excisión. Según él, al otro lado del Atlántico la circuncisión provoca hoy la muerte de al menos varias decenas de niños. Además, provoca numerosas complicaciones, como hemorragias, infecciones, reducción de la sensibilidad del glande, así como, en ciertos casos, un empobrecimiento de la vida amorosa.

Quizás habría que completar estas opiniones médicas con las opiniones de los psicólogos sobre los efectos de una mutilación practicada a menudo sin anestesia. Faltan estadísticas para determinar, por ejemplo, el porcentaje de personas circuncisas en relación con el porcentaje de personas no circuncisas que sufren paranoya. Esto nos parece importante para determinar las ventajas y los inconvenientes de la circuncisión

FUENTE: Legitimacion de la circuncision masculina y femenina
por Sami A. ALDEEB ABU-SAHLIEH

Friday, November 18, 2005

LOS GRIEGOS Y SUS PLACERES



Para aquellos espíritus intolerantes y conservadores que tanto se escandalizan con algunos comportamientos sexuales y para quienes creen que la trasgresión y liberalidad de las costumbres (independientemente si las consideran positivas o negativas), son sólo atribuibles a los tiempos actuales, Karina Donángelo Katzellis realizó un artículo sobre algunas cuestiones de la sexualidad en la Grecia clásica, cuna de la civilización occidental.



"Sí. así como los ve, los más famosos y reputados filósofos y estadistas griegos gustaban de personas de su mismo sexo. Otros en cambio le hacían el cuento de la “buena pipa” a sus ingenuas esposas, y se iban de parranda con sus amigos a un burdel, situado en las cercanías del Pireo.
Hasta podría decirse que hubo maestros e instructores más que libinidosos. Mientras que no faltaban aquellos que acusaban a las mujeres de “histéricas”, y de ser “más brutas que una mula”...
Ya por aquel entonces, antes y durante el siglo V antes de Cristo, las mujeres denunciaban en reuniones de amigas y a sus doncellas que sus esposos las hacían sentir como una “mujer-objeto”.
Y más de un chismoso, al que le gustaba hacer “leña del árbol caído”, sacó a unos cuantos personajes sobresalientes de la época, los trapitos al sol, dando a conocer ciertas “aventuras” non santas, o affaires con personas de su mismo sexo.
Si estudiamos la historia y la mitología de la antigua civilización helénica observaremos la preponderancia que tenía el amor para los griegos, en sus más variadas formas.


En la religión griega puede encontrarse una gran mezcolanza de dioses, diosas, semidioses, héroes y hombres que constituyen la herencia de los pueblos mediterráneos. Pero a esto se suma también, la enorme influencia de los pueblos asiáticos y prehelénicos, que minaron las costas del Mar Mediterráneo con sus creencias y sus prácticas amatorias. De hecho, ya en la Grecia clásica se hablaba de la “histeria femenina”; del sentido de la “mujer – objeto”, la exaltación del “machismo” (misoginia) y tanto la prostitución, como la homosexualidad eran prácticas habituales, en todos los estratos de la sociedad.

Culto a la Virginidad

Frente a la práctica de la Prostitución sagrada, procedente de Babilonia, Menfis, Jerusalén y Sumeria se encuentra, por contraste el Culto a la Virginidad, también nacido de Oriente. Según esta creencia, la pérdida de la virginidad era vista como una forma latente de muerte, de aquí surge la leyenda de Artemis, la diosa virgen.
Esto no impidió, no obstante, que dicha divinidad de la Castidad diese cincuenta hijos a Endimión y otorgase ciertos “favores” a Orión y a Pan. Artemis, según cuenta la leyenda tuvo un séquito de sesenta hijas de Océano y todas las jóvenes que deseaban acompañarla debían hacer voto de castidad. Sus sacerdotisas eran todas vírgenes y cuando se casaban debían abandonar la Orden sagrada.
La leyenda de Calipso, por ejemplo cuenta que fue seducida por Júpiter y al ser descubierto su desliz, para que no vieran su abultado vientre, por el embarazo se negó a ir al baño con sus compañeras. Artemis la expulsó de su séquito.


El origen de Hermafrodita


De Extremo Oriente llegaron también formas míticas concretadas en el fruto de los amores de Hermes y Afrodita, más conocido, por los relatos de Plinio, como el Hermafrodita.
La cómica leyenda es relatada por el poeta latino Ovidio. Hermafrodita es un joven adolescente, que llega a un lago, cuyas aguas son límpidas hasta el fondo. Allí lo ve Salmacis, una náyade voluptuosa, quien se queda extasiada al observar su belleza. La joven exclamó ardiente: “Yo te amo, te deseo y quiero compartir contigo mi lecho”.
El joven Hermafrodita, que ignoraba el amor se lanzó despavorido a la fuga. Ella, entonces se alejó para no intimidarlo. Él se desnudo, creyendo que nadie lo observaba y jugó con las olas. La ninfa, sin embargo, observándolo, presa del deseo lo abrazó por la fuerza y estrechando su cuerpo sobre el cuerpo desnudo del muchacho, invocó: “Que no pueda este joven separarse de mí, ni yo de él”.
Los dioses la escucharon y juntaron sus cuerpos; ambos crecieron bajo el aguijón del tiempo, como si fueran la rama de un mismo árbol, pero participando de su doble naturaleza. Y así nació Hermafrodita, un ser con sexo masculino y femenino a la vez.


Infidelidad y Prostitución


Pero en Grecia, no todos fueron leyendas mitológicas. El sexo era algo que formaba parte importantísima en la vida de los griegos. Y no era puro cuento... Si bien, la familia llegó a ser el fundamento de la sociedad; en la esfera sexual, los griegos tuvieron las mayores variantes imaginables.
En la civilización cretense, la mujer disfrutaba de gran libertad, podía frecuentar banquetes, representaciones teatrales y jurídicamente se igualaba al hombre. El matrimonio, dentro de la sociedad minoica (desarrollada en Creta), lazo de unión de toda la vida social, se hallaba bajo la invocación de la Madre Tierra. Hombres y mujeres acudían a las cumbres de las montañas, los bosques y grutas, donde depositaban ofrendas y sacrificaban animales. Y esto también permitía que lo sexual fuese concebido como una necesidad natural satisfecha libremente. Los jóvenes se unían en los campos, sobre la hierba o el trigo recién segado.
Desaparecida la civilización minoica, se desarrolla en todo su esplendor, la civilización micénica, en el corazón continental de la antigua Hélade. De este período micénico de hombres fogosos, viriles y belicosos, guerreros y navegantes, denominados por Homero como “aqueos”, subyacen innumerables referencias, que dan cuenta de una sexualidad rica y exuberante.


Ningunos señores de su casa...


Por aquel entonces, Esparta, que disponía de buenas tierras se encontraba sumida en la pobreza más absoluta. Criar a un hijo era un verdadero problema; era común que los hermanos compartieran una sola mujer. El hambre amenazaba seriamente a la sociedad y al Estado. En Atenas, por el contrario la situación era muy distinta. Los ciudadanos pobres recibían ayuda del erario público. Esta situación tan despareja entre ambos estados fomentó muchas rivalidades. Por ende, la posibilidad de contraer matrimonio se tornaba difícil, por lo que muchos jóvenes de clases altas se ponían de novio con jóvenes de clases bajas, cosa muy mal vista en esa época. De hecho, Perícles el aristócrata de irreprochable reputación, casado a los cuarenta años con una dama de alta alcurnia y padre de dos hijos lanzó una ley muy controvertida: Nada de matrimonios entre miembros de diferente clase social".

Este texto es de: Karina Donángelo
Febrero de 2005
Tomado de: "sitioalmargen.com"

Thursday, November 17, 2005

ULISES


El regreso de Ulises constituye el tema de la Odisea, y la personalidad de Ulises no ha dejado de enriquecerse, hasta el punto de dar lugar a un verdadero ciclo, que en Italia y en el mundo etrusco parece haber tenido un favor muy especial. Tras la toma de Troya, Ulises se peleó con los otros jefes y siguió a Agamenón. Pero pronto fue separado de éste y abordó en Tracia, donde tomó y asoló la ciudad de Ismaros. No dejó a salvo más que al sacerdote de Apolo, Marón, que le regaló doce tinajas de un vino precioso, dulce y fuerte. Luego puso rumbo al sur, y, al cabo de varios días, abordó en el país de los Lotófagos, pueblo que se alimentaba de un fruto maravilloso, el loto, tan exquisito que quienquiera que lo probara no quería marcharse ya. Ulises hubo de emplear la fuerza para arrancar a sus hombres a tales delicias. Subiendo al norte, Ulises llegó a Sicilia, al país de los Cíclopes. Desembarcó con doce hombres, llevando una tinaja del vino de Marón. Entraron en una caverna cuyo propietario era el cíclope Polifemo, horrible gigante que no tenía más que un ojo en medio de la frente. Polifemo les encerró y quiso devorarles, dos a dos. Ulises logró hacerle beber vino, lo que sumergió al monstruo en un profundo sueño. Ulises lo aprovechó para cegarle, y él y sus hombres pudieron escapar, disimulados bajo el vellón de los carneros del gigante. Poseidón, que era padre de Polifemo, sintió desde ese momento un odio violento contra Ulises. Escapado de los Cíclopes, Ulises llegó a la islas de Eolo, señor de los vientos, que le dio un odre donde estaban encerrados todos los vientos, salvo una brisa favorable. Pero, aprovechando el sueño de Ulises, sus compañeros abrieron el odre; se desencadenó la tempestad y les llevó a la isla de Eolo, que esta vez no quiso acogerles.
La maga Circe:
Ulises volvió a partir, al azar. Con los lestrigones, un pueblo de antropófagos, perdió todos sus barcos, salvo uno, y en esa embarcación es donde llegó a la isla de Aea, donde vivía la maga Circe. Circe era hija del Sol y de la Oceánida Perseida, y era hermana del rey de la Cólquida, Aetes. Vivía sola, con sirvientes, y metamorfoseaba en animales a todos los viajeros que llegaban a su palacio. Ulises, sin saber lo que le esperaba, envió en exploración un grupo de marineros: la maga les acogió amablemente, y les dio de beber un brebaje encantado, transformándoles en lobos, en perros, etc. Ulises, cuando no vio volver a sus compañeros, emprendió su búsqueda solo. En el bosque, Hermes le abordó y le dio el secreto para escapar a los encantamientos de Circe: que echara en el brebaje una hierba llamada moly, y la bruja estaría a su merced. Armado de la planta mágica, Ulises resistió a los encantamientos: sacó la espada y obligó a Circe a dar forma humana a sus amigos. Luego pasó con ella un mes -o un año- de delicias, y le dio un hijo, Telégono. Al partir, recibió de Circe el consejo de ir a consultar al alma del adivino Tiresias, en el país de los Cimerios.
La isla de las Sirenas:
Tiresias, debidamente evocado, revela a Ulises el porvenir que le espera, y el héroe se vuelve a marchar, infatigablemente. Costea la isla de las Sirenas, monstruos medio mujeres, medio pájaros, hijas de la Musa Melpómene y del dios-río Aqueloo; con su musica, atraían a las naves, que se estrellaban en los escollos de la isla. Tras de lo cual, ellas devoraban a los náufragos. Pero Circe había enseñado a Ulises lo que debía hacer. Ulises llenó de cera las orejas de los marineros, y se hizo atar al mástil del navío, pudiendo así atravesar sin temor el lugar peligroso. Después hubo de afrontar a los dos monstruos Caribdis y Escila, que devoraban a los marineros y provocaban temibles remolinos. Luego abordó la isla de Trinacia, donde pacían bueyes blancos consagrados al Sol. Una larga calma retuvo en la isla a los compañeros de Ulises más tiempo del que pensaban, y no pudieron menos, impulsados por el hambre, de matar un buey, durante el sueño de su jefe. El Sol fue a quejarse a Zeus. Cuando el barco volvió a partir, el dios envió una tempestad terrible, el barco zozobró y todo el mundo se ahogó, menos Ulises, que, aferrado al mástil, fue arrastrado por la mar durante nueve días con sus nueve noches. El décimo día, llegó a la isla de Calipso, una ninfa que le retuvo en ella vario años. Pero Atenea obtuvo de Zeus que enviase a Hermes a dar orden a Calipso de que dejara ir a Ulises. Y así fue como, después de haber construido él mismo una balsa y conjurado una tempestad suscitada por Poseidón, llegó, agotado pero vivo, a la isla de los Feacios.

El regreso a Itaca:
Ya los viajes de Ulises estaban casi terminados. Los feacios le acogieron con bondad, y, cargándole de muchos regalos, le hicieron llevar hasta Itaca. Pero le hacía falta reconquistar su reino, que estaba en manos de un tropel de jóvenes príncipes pretendientes que, reunidos en torno a Penélope, y devorándolo todo en palacio, imponían su ley en Itaca. Muy hábilmente, disfrazado de mendigo, Ulises consiguió deslizarse en su casa, sin dejarse reconocer más que por algunos hombres seguros. Con ocasión de un concurso de tiro con arco -que aconsejó a Penélope que organizara- aniquiló a los pretendientes, y pudo, por fin, recobrar su lugar. Así se termina la Odisea, pero la "saga" de Ulises no se acaba con eso. Se contaba que el héroe había vuelto a hacerse a la mar, y había guerreado en Epiro, o bien que había partido a fundar ciudades entre los tirrenos (en el país de los etruscos) y que, finalmente, había sido muerto, accidentalmente, por Telégono, el hijo que había tenido de Circe.

FUENTE: www.mgar.net/var/ulises.htm

Wednesday, November 16, 2005

Cleopatra..Era realmente HERMOSA??

"...La dedicación a los asuntos políticos e intelectuales no hizo a Cleopatra renunciar al cuidado de su cuerpo y aspecto físico. Al parecer, era una mujer muy preocupada por su imagen externa, a la que otorgaba gran importancia en sus apariciones públicas, en las que prestaba gran atención a su indumentaria en lo relacionado con el vestido y los adornos. Usaba ropajes que la igualaban con las diosas Isis o Afrodita, es decir, con el legendario poder de los faraones o con sus ascendientes macedonios o griegos. A pesar de la leyenda, su belleza no debió ser tan espectacular, pues se suele resaltar la superioridad de la poseída por Octavia, una de las esposas de Marco Antonio. Se desconoce como era el color de su piel, pelo y ojos, pero por su origen macedonio podía haber tenido la tez clara y el cabello rubio. Su nariz era grande, como la boca, arqueada, tal y como aparece en algunas monedas, que muestran el marcado carácter griego. Sin duda, era de estatura pequeña, como evidencia la forma en que se presentó ante César, envuelta en una alfombra o fardo de ropa que llevó uno de sus criados. De ella no se ha conservado ninguna escultura, salvo un pequeño busto, y su efigie aparece en un reducido número de piezas numismáticas, en las que no se aprecia su supuesta belleza, sino el excesivo tamaño de su nariz, e incluso su forma ganchuda. Sí se conoce su afán por utilizar cosméticos, costumbre característica de Oriente y luego imitada en Roma. Tras su muerte, se difundió un tratado de cosmética que falsamente se atribuía a la reina o a los productos que ella usaba."

Cid López, Rosa María
http://aeihm.org/papeles/art/2003_1.htm

Los Manuscritos


Los manuscritos del Mar Muerto son una vasta colección de obras religiosas y teológicas, con unos cuantos documentos seculares, la mayoría escritos durante los tres siglos anteriores a la destrucción de Jerusalén, en los años 68-70 d. C. Fueron escondidos en las cuevas pensando en su seguridad. Los de la cueva I estaban envueltos en varias capas de tejidos, tal vez impregnados de aceite y almacenados dentro de jarras, selladas con unas tapas herméticas.
De las once cuevas en que se han encontrado manuscritos la más ricas fue la IV, en donde se encontraron miles de fragmentos pertenecientes a más de trescientos manuscritos diferentes.
Los manuscritos incluyen fragmentos de todos los libros del canon hebreo, excepción hecha del libro de Ester. Hay dos rollos de Isaías, relativamente completos. Hay también fragmentos de obras familiares, deuterocanónicas, apócrifas y apocalípticas, en hebreo y arameo. Entre ellas se encuentran el libro de Tobías, la versión hebrea de los Jubileos y la versión aramea de Enoc, etc.

Extraído de "Rollos del Mar Muerto" ( http://www.proel.org/alfabetos/qumrana.htm )